Encuentro -relato corto-
Percibí su sombra en el silencio de la celda. Su silueta se proyectó junto a mi cuerpo, mirándome en la penumbra.
Mientras me veía yo pensaba recostado, con mí vista en el mazo de cartas. Al tomar una y virarla, el rostro burlesco de bufón se hizo visible.
“¡Qué irónica mi suerte!”, —me dije—. Porque siempre jugaba solitario para medir el peso de la fortuna, rastreando la brecha de cómo hundir la competencia en el salón de apuestas. Pero ahora estaba preso, sin una sola carta por jugar.
––Viendo a tantos infelices llegar y partir de este lado de los barrotes, ¿no te gustaría volver afuera?, —propuso la sombra del otro lado de las rejas.
––Sin importar que merecieran o no estar aquí, —respondí— la mayoría estaría igual allá afuera.
Aquí todo ocurre con esa regularidad mecánica que encierra en muros mis verdaderos anhelos y preocupaciones, —le dije, con la mirada fija en la negrura de su atuendo.
“Por eso me gustan las cartas” —proseguí—. “Uno nunca sabe lo que va a salir en cada apuesta: Te juegas en las barajas el destino incierto.”
––Eres un poco entretenido e inquieto, pero sólo en el mundo de las cartas —advirtió el carcelero. En tanto que hizo un gesto despectivo y reprobatorio, negando con la cabeza—. En el mundo real eres libre de elegir la forma de tu sometimiento.
“Esa momia perversa lo pinta todo tan oscuro, que no pienso cederle las condiciones en que viva fuera de aquí”, —pensé sin pestañar un segundo. Consentir su oferta sería como tomar un boleto al infierno de donde vine: Porque huir de esta cárcel interna no es mejor que salir al túnel sin salida, que te da la sensación que avanzas a un reino de libertad.
En este encierro de metal me descubro cada noche, viéndole venir a ese verdugo desalmado, llevándose a su paso a los sujetos que les llega el tiempo de ser descargados. Nunca esperé con entusiasmo el turno de oír su propuesta de abandonar el cubículo, en esta inmensa sala de espera que estamos los millones de presos en vías de ser reformados.
––Quiero que mires tu situación en su justo tamaño, querido amigo —continuó el juez y carcelero. Su voz era un eco de amanecer falso. Y su cara oculta bajo esa capucha de indiferencia ostentaba un poder cobarde y fantasmal.
––Estuve pensando que tal vez querrías venir conmigo —prosiguió— y salir de la monotonía: Tu vida se reduce a estas paredes o murallas, y tus cartas son el patético intento de sentirte superior a los de afuera. ¡Ríndete y déjate llevar a una fortaleza sin ataduras! En mi mano está la llave de tu encierro, —me indica sonriendo, y acaricia con sus dedos la cerradura.
Flotaba en mi recuerdo para eludir este hoyo que desvanece mis esperanzas. Porque estas barras parecen crecer, y no puedo verla sino por una brecha. Pero ella prometió volver a reunirse conmigo, en cuanto pudiera.
Al fondo del pasillo veo el primer gesto de luz de la mañana. Entonces entendí el engaño: Veo salir resignados a tantos otros a su falsa libertad, a ese mundo exterior, desabrido y despreciable.
Esto me colmó de una sensación casi dormida en mi interior, desde mis años de adolescencia. Sentí mi corazón latir desafiante y el coraje me hizo respirar confiado.
Los bloques de aquel helado aislamiento empezaron a evaporarse ante mi vista. Miré cómo las celdas se desvanecían como niebla.
Pude ver un destello de luz en el fondo: Era su rostro radiante, que estuve esperando por meses, entretenido en su pálido reflejo.
Al verla llegar a un paso de lo que fue mi celda, se debilita la sombra que una vez me ofreció el mundo a cambio de consagrar mi tiempo al espacio de la soledad. No fui más que otro condenado hasta el momento que miro desaparecer el presidio, y los millares de presos que antes y después de mí se debatirían entre los límites de la codicia y el miedo. Logré entonces superar esa atmósfera sicológica que me acorralaba, y renuncié al escape de los juegos de azar.
Ella me toma de su mano y, al levantarme del banco del parque, siento la forma de una de mis cartas ajustada en mi bolsillo trasero. El resto de los naipes quedaron sin dueño, mientras nos alejamos mirando el horizonte del mar Caribe.
Le pido que cierre sus ojos y deslizo la carta del bolsillo. Le digo que abra los ojos de nuevo.
––Te obsequio el as de corazones. Las otras cartas las he borrado, para compartir esta sola contigo.
––“Y yo te brindo esto” —y posó su boca sobre mis labios.
Llegamos al malecón para quedarnos a ver morir el sol, al final de la tarde.
Desde ese día —y a cada nuevo encuentro— pasamos a vivir un espacio tan grande como quisiéramos que fuera: El corazón del otro.
Ariel Ortiz Pérez
Mientras me veía yo pensaba recostado, con mí vista en el mazo de cartas. Al tomar una y virarla, el rostro burlesco de bufón se hizo visible.
“¡Qué irónica mi suerte!”, —me dije—. Porque siempre jugaba solitario para medir el peso de la fortuna, rastreando la brecha de cómo hundir la competencia en el salón de apuestas. Pero ahora estaba preso, sin una sola carta por jugar.
––Viendo a tantos infelices llegar y partir de este lado de los barrotes, ¿no te gustaría volver afuera?, —propuso la sombra del otro lado de las rejas.
––Sin importar que merecieran o no estar aquí, —respondí— la mayoría estaría igual allá afuera.
Aquí todo ocurre con esa regularidad mecánica que encierra en muros mis verdaderos anhelos y preocupaciones, —le dije, con la mirada fija en la negrura de su atuendo.
“Por eso me gustan las cartas” —proseguí—. “Uno nunca sabe lo que va a salir en cada apuesta: Te juegas en las barajas el destino incierto.”
––Eres un poco entretenido e inquieto, pero sólo en el mundo de las cartas —advirtió el carcelero. En tanto que hizo un gesto despectivo y reprobatorio, negando con la cabeza—. En el mundo real eres libre de elegir la forma de tu sometimiento.
“Esa momia perversa lo pinta todo tan oscuro, que no pienso cederle las condiciones en que viva fuera de aquí”, —pensé sin pestañar un segundo. Consentir su oferta sería como tomar un boleto al infierno de donde vine: Porque huir de esta cárcel interna no es mejor que salir al túnel sin salida, que te da la sensación que avanzas a un reino de libertad.
En este encierro de metal me descubro cada noche, viéndole venir a ese verdugo desalmado, llevándose a su paso a los sujetos que les llega el tiempo de ser descargados. Nunca esperé con entusiasmo el turno de oír su propuesta de abandonar el cubículo, en esta inmensa sala de espera que estamos los millones de presos en vías de ser reformados.
––Quiero que mires tu situación en su justo tamaño, querido amigo —continuó el juez y carcelero. Su voz era un eco de amanecer falso. Y su cara oculta bajo esa capucha de indiferencia ostentaba un poder cobarde y fantasmal.
––Estuve pensando que tal vez querrías venir conmigo —prosiguió— y salir de la monotonía: Tu vida se reduce a estas paredes o murallas, y tus cartas son el patético intento de sentirte superior a los de afuera. ¡Ríndete y déjate llevar a una fortaleza sin ataduras! En mi mano está la llave de tu encierro, —me indica sonriendo, y acaricia con sus dedos la cerradura.
Flotaba en mi recuerdo para eludir este hoyo que desvanece mis esperanzas. Porque estas barras parecen crecer, y no puedo verla sino por una brecha. Pero ella prometió volver a reunirse conmigo, en cuanto pudiera.
Al fondo del pasillo veo el primer gesto de luz de la mañana. Entonces entendí el engaño: Veo salir resignados a tantos otros a su falsa libertad, a ese mundo exterior, desabrido y despreciable.
Esto me colmó de una sensación casi dormida en mi interior, desde mis años de adolescencia. Sentí mi corazón latir desafiante y el coraje me hizo respirar confiado.
Los bloques de aquel helado aislamiento empezaron a evaporarse ante mi vista. Miré cómo las celdas se desvanecían como niebla.
Pude ver un destello de luz en el fondo: Era su rostro radiante, que estuve esperando por meses, entretenido en su pálido reflejo.
Al verla llegar a un paso de lo que fue mi celda, se debilita la sombra que una vez me ofreció el mundo a cambio de consagrar mi tiempo al espacio de la soledad. No fui más que otro condenado hasta el momento que miro desaparecer el presidio, y los millares de presos que antes y después de mí se debatirían entre los límites de la codicia y el miedo. Logré entonces superar esa atmósfera sicológica que me acorralaba, y renuncié al escape de los juegos de azar.
Ella me toma de su mano y, al levantarme del banco del parque, siento la forma de una de mis cartas ajustada en mi bolsillo trasero. El resto de los naipes quedaron sin dueño, mientras nos alejamos mirando el horizonte del mar Caribe.
Le pido que cierre sus ojos y deslizo la carta del bolsillo. Le digo que abra los ojos de nuevo.
––Te obsequio el as de corazones. Las otras cartas las he borrado, para compartir esta sola contigo.
––“Y yo te brindo esto” —y posó su boca sobre mis labios.
Llegamos al malecón para quedarnos a ver morir el sol, al final de la tarde.
Desde ese día —y a cada nuevo encuentro— pasamos a vivir un espacio tan grande como quisiéramos que fuera: El corazón del otro.
Ariel Ortiz Pérez
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